Desde principios del mes pasado quise escribir en este blog una serie de ideas que me habían pasado por la mente, desde comentar el fenómeno de la fe que la gente de México tiene en la Virgen de Guadalupe, cosas del trabajo, cosas de amores y desamores, cosas de mi estadía en el hospital (desde donde estoy escribiendo estas líneas) hasta del último libro que termine de leer.
Por una cosa o por otra se fue postergando la acción y hasta el día de hoy (primero de enero de 2009) tengo la oportunidad de ponerme al corriente.
Nuevamente fuimos testigos los creyentes y no creyentes de la cantidad de adeptos que tiene la Virgen María de Guadalupe en este país, es increíble y digno de admiración la cantidad de personas que vienen desde muy lejanos y diferentes lugares de México a ofrecerle sus respetos y pedirle cosas a la virgen del tepeyac. En cuanto a lo que a mí respecta, siempre había vivido ese día (12 de diciembre) un tanto ajeno al fenómeno, viviéndolo más que nada por la cobertura que hacen todos los medios de comunicación, o porque esos días nos dejan salir a medio día del trabajo (cosa que no entiendo) o esperando ver a la “chava” que me gustaba en la misa que se organizaba siempre en la capilla del parque de la unidad donde vivo. Así se me pasaron veintitantos años de mi vida hasta que dio la coincidencia o casualidad de que un mero día de las lupitas se organizo una taquiza en casa de Blanca Avalos, debido a que en la materia de Dirección y Control (por aquellos gloriosos años en que estudiaba la superior en la UPIICSA) se junto una lana de una actividad que organizo el maestro, consistente en formar empresas y comercializar productos de cuyas utilidades se saco para la tacos. Pues bien, la casa de Blanca se encontraba en Neza, por lo que tuve que partir ese sábado (porque era sábado, bien recuerdo) manejando aquel Topaz tan aguantador que era de mi hermana, por la calzada Ignacio Zaragoza rumbo al oriente.
Aquí abro un paréntesis para comentar que por mi falta de conocimiento de aquellos rumbos me pase de donde me tenía que salir para meterme a la parte de Netzahualcóyotl en donde vivía mi compañera, por lo cual fui a dar hasta la carretera a Puebla, no encontrando lugar donde darme vuelta para retacharme, motivo por el cual fui a dar hasta la primer caseta, la cual tuve que pagar por partida doble para regresarme.
Cierro paréntesis y continúo con la historia.
Justo cuando venía de la caseta de puebla de regreso al D.F. fue cuando me di cuenta de la enorme cantidad de personas que formaban las cientos, miles diría yo de procesiones que se dirigían hacia la Basílica de Guadalupe, ese día fue tan grande la impresión que causo en mi el darme cuenta del poder que tiene la fe sobre algo, sobre alguien, en este caso de la Virgen de Guadalupe que se me hizo un nudo en la garganta.
Paso el tiempo y poco después, leyendo acerca de la religión musulmana que es el Islam, al ver que una de sus 5 obligaciones es la peregrinación (Hajj) a la Meca una vez en la vida para quien tenga la capacidad de hacerla, me propuse realizar (por lo menos una vez en mi vida) una peregrinación a la Villa. Nuevamente pasaron no más de 5 años, cuando platicando con mi amigo Martin Vertiz, me comento que iría de peregrinación desde el pueblo de Topilejo hacia la Basílica de Guadalupe, ya que su novia (en ese entonces, ahora esposa y madre de sus dos chilpayatas) es oriunda de tan particular pueblo, el cual ha sido el lugar donde he visto más gente borracha en un mismo sitio en toda mi vida (y eso que era entresemana), pero esa es otra historia. Pues bien, me dije a mi mismo, ahora es cuando podrás cumplir eso que te propusiste; resulta que en ese pueblo tienen la tradición de realizar su peregrinación el último domingo de enero por lo que me aliste para el intenso frio arropándome lo más posible ese mero día, cosa que no sirvió de mucho dado que a no menos de media hora de haber emprendido la marcha ya me había quitado guantes, bufanda, chamarrota con capucha y sudadera del pants a causa del calor y sudor que a tan corta distancia ya hacían mella en mi. Recuerdo que salimos desde la iglesia de San Miguel Topilejo (que es el santo patrono del pueblo) como a eso de las 11 de la noche, con la sorpresa de que a diferencia de que el contingente estuviera conformado por señoras devotas de esas que uno se encuentra en las misas de 7 de la mañana, como me imagine que sería, la gran mayoría eran jóvenes entre los 13 y los 20 años, solo unas que otras personas mayores. Otra cosa que me llamo la atención fue el hecho de que al ir caminando comencé a notar sorprendido que algunos chavos caminando en grupitos iban amenizando su andar con música reproducida por grabadoras, algunas contenidas en sus mochilas y otras cargadas al más puro estilo del “flanagan”, además de que iban bebiendo líquidos y no precisamente de esos que sirven para rehidratar y recuperar carbohidratos (bajo la forma de azucares sacarosa y glucosa) y electrolitos (sales del sodio y potasio) sino más bien de esos que sirven para embriagar y alegrar el corazón (o entristecerlo, según sea el caso) bajo la forma de lúpulo y cebada o de refresco de toronja con un toque de tequila jimador comercializado en latas de aluminio o embases de pet de 2 litros. De hecho me recordaba un viernes cualquiera en el estacionamiento de la unidad, nada más que andando.
Bajamos por dentro de Xochimilco y agarramos viaducto tlalpan a la altura del periférico, de ahí todo derecho hasta llegar al Zócalo, luego atravesar tepito por la calle de Brasil para salir a la calzada de Guadalupe y finalmente llegar a nuestro destino. En el trayecto, casi casi empezando se nos adelanto Gaby, más adelante motivado por la fuerza del amor Martin también se me adelanto en busca de su “dulcinea”, así que gran parte del recorrido me la eche solo como perro. Cabe aclarar que así como lo describí justo al inicio de este párrafo, parece fácil el recorrido, sobre todo si uno lo ha recorrido en metro o en carro, pero en verdad que es extremadamente cansado, sobre todo para los que no acostumbramos caminar o correr frecuentemente, con decir que a la altura del tren ligero justo antes de llegar a viaducto tlalpan y periférico yo ya pedía esquina, no podía mas, en verdad era un cansancio y un dolor de pies y piernas como nunca lo había sentido y creo no lo he vuelto a sentir. Y pensar que a esa altura solo se tiene recorrido como un 20% del trayecto, así que imagínese, querido lector, el esfuerzo sobre humano que tuve que realizar para que aún y con lo descrito arriba haya yo llegado a la Villa como a eso de las 5 de la mañana. Recuerdo perfectamente que no pare mi caminar, más que para orinar una vez en alguna de las calles de tlalpan y para amarrarme la agujeta de uno de mis tenis.
A la altura del Zócalo yo ya iba rezando con toda la devoción que podía para que los ángeles, la virgen, todos los santos y el mismísimo Jesucristo me ayudaran a llegar a la Basílica, recuerdo que a la altura de San Antonio Abad alcance a Martin y Gaby, dado que esta ultima ya estaba un poco cansada. También recuerdo que en el transcurso del camino se me empezó a rozar la entrepierna junto con mis testículos a tal grado que tuve que usar los guates que traía para el frio y metérmelos entre las piernas y testículos para evitar la molestia.
Al llegar a la calzada de Guadalupe mis esperanzas recobraron las fuerzas y con un ánimo venido como desde el mismísimo cielo recobre la motivación para llegar; pero para mi sorpresa esa calzada es tan larga como la fe de la gente en la virgen.
Finalmente y después de esas horas que a la distancia me parecen interminables llegue a la par que Martin, ya que Gaby nuevamente se nos había adelantado justo empezando el tramo final. Todo mundo llega a recostarse y arrejuntarse justo a la entrada del templo para aguantar el frio que para esas horas pega con su máxima fuerza, esperando que abran las rejas para poder entrar a la Basílica y escucha la primer misa del día. Al salir con la alborada del nuevo amanecer todo se ve una forma distinta, dicen que no hay mayor satisfacción que la sensación del deber cumplido y cuando este deber es un reto personal que implica un gran esfuerzo con mucha más razón. También dicen por ahí que no hay mayor victoria que la que se tiene sobre uno mismo y esa para mí fue de las más grandes.