La aritmética del profesor Córdova
Germán Dehesa
1 May. 09
A ver, niños, saquen sus cuadernos, dijo el Profesor Córdova quien, en toda la escuela, era el único audaz que se atrevía a usar traje de lana con chaleco en plena canícula. No exagero si les digo que a su paso iba soltando vaporcito. Eran las tres de la tarde y los cincuenta educandos que colmaban el salón estaban como fosilizados por el calor. Por la ventana un árbol al que difícilmente le quedaban catorce hojas era un aviso de que ese año la sequía había sido particularmente rigurosa. Apunten, dijo el Profesor Córdova. ¿Es problema?, preguntó el alumno Loperena que era el elemento más disolvente de todo el grupo. Mire, Loperena, con usted todo es problema, pero sí, en efecto, en cuanto usted me lo permita, voy a plantearles un problema. Por mí, arránquese, dijo el susodicho Loperena. Bien: tomemos un país equis de Latinoamérica. En ese país se declara una extraña epidemia de influenza canina, una enfermedad hasta entonces desconocida y que le hace perder a los perros más de treinta puntos en los niveles de preferencia. Como yo no soy perro, eso no importa. El caso es que en la primera semana, treinta y dos personas pierden la vida por causas atribuibles a la influenza. De ellas, 21 son de Pénjamo, aunque sólo 4 residían ahí y 10 estaban en Groenlandia intentando poner una fábrica de enchiladitas de San Luis. De los otros siete desconocemos su actual paradero, aunque ahorita todos están en el panteón, pero no es seguro que hayan muerto. De los once que no son de Pénjamo, hemos podido establecer que nacieron en varios lugares; de ellos, siete seguro seguro están muertos, de los otros cuatro sabemos que, desde el miércoles pasado, se entregaron a las efusiones etílicas y que ya para el viernes podían hablarse de tú con Tezcatlipoca. Los cuatro beodos abordaron un camión de la línea Teloloapan-Sanjuanico y el chofer, sin ser caballo, reparó en el extraño estado de los cuatro nuevos pasajeros y los reportó como posibles portadores del virus canino. El encargado de la terminal hizo caso omiso de esta advertencia y el camión partió para, kilómetros adelante, precipitarse a un barranco que, nomás en lo que va del año, ha cobrado 618 víctimas. Ahí murieron los cuatro beoditos, pero nunca sabremos si fue de congestión alcohólica, del tarugazo que se metieron en el barranco, o bien de influenza canina.
En la segunda semana fueron reportados 98 muertos. De éstos, 30 vivían en San Luis Potosí cuyas autoridades al parecer están empecinadas en ganar el campeonato nacional de decesos por virus. El Gobernador visita a todos los enfermos y les comunica muchos ánimos para que se mueran y ha girado instrucciones a su Secretario de Salud para que no los moleste, ni interrumpa. ¡Véngase a morir a San Luis Potosí! reza el enorme arco que está a la entrada de la capital del Estado.
De los otros 68, 40 forman parte de una excursión que fue a Nuevo León con el único fin de conocer las Grutas de García. Varios de ellos tenían ya al ingresar ojos llorosos y abundante mucosidad. A lo mejor andan perdidos, pero, por lo pronto, los consideramos muertos; si aparecen, los borramos y ya.
Por lo que se refiere a la semana en curso, sólo se han reportado 4 decesos y esto nos habla del respeto reverencial que tienen las etnias aztecas por los días de asueto. Hay que morirse en horas hábiles, pero jamás cuando andamos en plena chacota. Tienen ustedes diez minutos para decirme ¿cuántos muertos llevamos en este aciago periodo?; no, ni alcen la mano, no voy a responder a ninguna pregunta, ya con López Dóriga y babosos que lo acompañan tuve bastante. Además, HOY TOCA con tapabocas y tapamocoyito.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDXLI (1541)
Calderón: ¿qué pasó con los rateros?.